Phil Ivey y el código del Samurai
Nolan Dalla es el Director de Medios de Comunicación de las World Series of Poker y uno de los personajes más emblemáticos de la industria del poker. Se define a sí mismo como escritor, polemista, antitético, socialista, humanista, escéptico, inconformista, librepensador, bebedor de bourbon y estudioso de la vida. Ahí es nada.
La comunidad del poker ya está acostumbrada a sus interesantes anécdotas y batallitas varias y a petición de un lector de su blog ha decidido deleitarnos con una historia que tiene a Phil Ivey como protagonista, a Greg Raymer como secunadario y a Chip Reese como artista invitado.
La anécdota ocurrió hace algunos años y reunió a Ivey, Raymer y al propio Dalla en un campo de golf. Empezó con bastante intensidad, ya que Ivey estuvo a punto de atropellar a Dalla en el aparcamiento con su Mercedes SLR McLaren de 285.000$.
Dalla no es un buen jugador de golf, de hecho es bastante malo, pero eso poco importaba. Lo importante es que fue sin caddie y tenía que llevar él mismo su bolsa d epalos. Además, tuvo que hacer los 18 hoyos andando porque en en ese campo no se permitían carritos. El sol era implacable y pronto empezó a sudar como un pollo.
Ivey sí llevaba caddie. Hubo que esperar 20 minutos por él, pero valió la pena para hacerse una idea de la relevancia que tiene Phil Ivey en la sociedad estadounidense. El muchacho que cargaba con la bolsa de palos del pro no era un cualquiera. Resultó ser el hijo de un senador de los Estados Unidos, es decir, el hijo de uno de los 100 hombres más poderosos del país.
“Vaya, Phil. Eso sí que es tener éxito. El hijo de un senador de los Estados Unidos haciendote de caddie”, dijo Nollan.
“No, Nolan. Eso no es éxito. Llevar de caddie al propio senador, eso sí sería tener éxito”, contestó Ivey sin parpadear.
Caramba, debió de pensar Nollan. De todas maneras, lo más relevante de toda esta historia vino después. Tras quedar cristalino que Ivey se mueve en una liga muy diferente y teniendo en cuenta el gusto de los pros del poker por todo tipo de apuestas, parecía descartado que Ivey escogiese a Nollan para cruzar una pauesta, pero para todo problema hay una solución.
Ivey sacó el teléfono y se puso manos a la obra.
Ivey: ‘Hey Chip (Chip Reese), estoy jugando los segundos nueve hoyos. Me acerco a un PAR: 5, deben de ser algo más de 500 metros, me siento bien, creo que puedo con él. ¿Nos jugamos algo?
Ivey: ‘Bueno, entonces ¿cuánto?’
Ivey: ‘Diez mil, suena bien. Te llamo en unos 10 minutos’
“Ivey se va al tee de salida, y realiza un swing perfecto, que pasa entre dos pinos altísimos, y sitúa la bola en la calle central. Parece que Chip Reese se tendrá que joder. Diez minutos más tarde, Ivey está en el green, y emboca en cinco golpes. Sin esfuerzo. De nuevo, éste saca el móvil”, cuenta Nollan.
Ivey: ‘Me debes diez mil’
Ivey: ‘¿Quieres volver a probar en el siguiente hoyo? Me imagino que es un PAR: 4’
Ivey: ‘Muy bien, entonces solo me tienes que dar diez mil para estar en paz. Hablamos esta noche’.
Y eso fue todo…
Lo más interesante de todo es que Chip Reese no pidió en ningún momento que nadie verificase si Ivey lo había logrado o no. Le bastaba con su palabra. Había confianza, seguridad, una especie de código del honor inquebrantable por el que se rigen los jugadores. Si tú me dices que te debo 10.000$, te debo 10.000$. No hay más que hablar.
Que la palabra de una persona tenga tanto peso no es algo muy frecuente en esta sociedad. Lo que pretende reflejar Dalla con esta historia es que los jugadores de poker están hechos de otra pasta, como lo estaban los Samurai, tal y como era en los viejos tiempos.
